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No podía, pues, o no quería el autor (o autores) del Pentateuco hacer culpable de infidelidad al primer profeta de Israel. Pero, por otra parte, era necesario hacerlo morir antes de que el pueblo entrara en la tierra prometida. ¿Por qué? Mi explicación, tentativa, tendrá que ser mañana

Porque el judaísmo crea, para la cultura occidental, los conceptos de lo sagrado y lo profano, y con ello la separación radical entre los dos ámbitos que delimitan o los estados del ser que definen. Lo sagrado es Dios y toda comunicación con él; lo profano, todo lo demás. No hay seres humanos sagrados —tampoco el más santo de ellos, nos dice el Deuteronomio. La condena a Moisés es una acción preemptiva en relación con la corruptibilidad inherente al ser humano y una admonición respecto a la tentación de pensar que alguien puede equipararse con Dios.

Yahvé no permite que ninguno de los que abandonaron Egipto entre en la tierra prometida, ni siquiera Moisés —sólo los hijos de aquellos podrán gozar de la tierra que mana leche y miel. Cada generación se corrompe, irremisiblemente; pero se redime en sus hijos, que nacen puros, y a los que pertenece el mundo en su inocencia, hasta que la pierden.

Anuncio de la muerte de Moisés

Aquel mismo día Yahvé dijo a Moisés: «Sube a esa montaña de los Abarín, al monte Nebo, que está en la tierra de Moab, frente a Jericó, y contempla la tierra de Canaán que yo voy a dar en propiedad a los hijos de Israel. Después morirás en el monte y te reunirás con los tuyos, lo mismo que tu hermano Aarón murió en el monte Hor y se reunió con los suyos. Por haberme sido infieles en medio de los hijos de Israel, en la fuente de Meribá, en Cadés, en el desierto de Sin, y por no haber reconocido mi santidad en medio de los hijos de Israel, por eso verás de lejos la tierra, pero no entrarás en la tierra que voy a dar a los hijos de Israel».

Deuteronomio 32, 48-52

Uno lee esto con dolida extrañeza, con sensación de sofisticada injusticia. Moisés ha sido, durante toda la narración desde la huida de Egipto hasta este preciso instante, el más fiel y abnegado servidor de Yahvé, su principal valedor ante el pueblo de dura cerviz constituido por los hijos de Israel, que a cada momento se le rebela y culpa a Moisés de las penalidades de la expedición y se lamenta del bienestar perdido, sin recuerdo ya de la miseria de la esclavitud.

En un pasaje que luego, sin duda, ha servido de inspiración para planteamientos modernos del tema de la inescapabilidad del destino y del silencioso sufrimiento del héroe, Moisés hace acopio de valor para dirigirse a su Dios después de que oyó cómo el pueblo lloraba, una familia tras otra, cada uno a la entrada de su tienda, provocando la ira del Señor. Y disgustado, dijo al Señor:

¿Por qué no he hallado gracia a tus ojos, sino que me haces cargar con todo este pueblo? ¿He concebido yo a todo este pueblo o le he dado a luz, para que me digas: ‘Coge en brazos a este pueblo, como una nodriza a la criatura, y llévalo a la tierra que prometí con juramento a tus padres’? ¿De dónde voy a sacar carne para repartirla a todo el pueblo, que me viene llorando: ‘Danos de comer carne’? Yo solo no puedo cargar con todo este pueblo, pues supera mis fuerzas. Si me vas a tratar así, hazme morir, por favor, si he hallado gracia a tus ojos; así no veré más mi desventura.

Números 11, 10-15

Y eso pasa en Números. Yahvé no escucha la plegaria desesperada de Moisés, aun redobla la confianza que tiene puesta en él. Cuando por una cuestión tangencial María y Aarón hablan contra Moisés, Yahvé cita a los tres, y el Señor les habló:

Escuchad mis palabras; si hay entre vosotros un profeta del Señor, me doy a conocer a él en visión y le hablo en sueños; no así a mi siervo Moisés, el más fiel de todos mis siervos. A él le hablo cara a cara; abiertamente y no por enigmas; y él contempla la figura del Señor. ¿Cómo os habéis atrevido a hablar contra mi siervo Moisés?

Números 12, 6-8

¿Qué pasa posteriormente, pues, para que Moisés pierda el favor divino? Nada; o nada que yo pueda discernir leyendo el Pentateuco. La edición de la Biblia que manejo envía, en nota a pie de página, cuando Yahvé hace la enumeración de los lugares en que Moisés pretendidamente le ha sido infiel, a Números 20, en un pasaje conocido como El agua de la roca, o la fuente de Meribá:

Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada.

Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón. Y habló el pueblo contra Moisés, diciendo: ¡Ojalá hubiéramos muerto cuando perecieron nuestros hermanos delante de Yahvé! ¿Por qué hiciste venir la congregación de Yahvé a este desierto, para que muramos aquí nosotros y nuestras bestias? ¿Y por qué nos has hecho subir de Egipto, para traernos a este mal lugar? No es lugar de sementera, de higueras, de viñas ni de granadas; ni aun de agua para beber. Y se fueron Moisés y Aarón de delante de la congregación a la puerta del tabernáculo de reunión, y se postraron sobre sus rostros; y la gloria de Yahvé apareció sobre ellos. Y habló Yahvé a Moisés, diciendo: Toma la vara, y reúne la congregación, tú y Aarón tu hermano, y hablad a la peña a vista de ellos; y ella dará su agua, y les sacarás aguas de la peña, y darás de beber a la congregación y a sus bestias. Entonces Moisés tomó la vara de delante de Jehová, como él le mandó.

Y reunieron Moisés y Aarón a la congregación delante de la peña, y les dijo:

¡Oíd ahora, rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas, y bebió la congregación, y sus bestias. Y Yahvé dijo a Moisés y a Aarón: Por cuanto no creísteis en mí, para santificarme delante de los hijos de Israel, por tanto, no meteréis esta congregación en la tierra que les he dado. 

Cierto que se ve a Moisés irritado, que ese ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? suena arrogante, pero contra su pueblo, no contra su Dios.

Moisés no es víctima de la ira del Señor, porque Yahvé no encuentra falta en Moisés, porque Moisés no comete falta contra su Señor. Pero el autor del Deuteronomio debió encontrarse con una dificultad. Por una parte, Moisés es el primer profeta en la tradición judía, el más importante, el único esencial. De hecho, los últimos versículos del Pentateuco relatan su gloria, con muy poca fanfarria pero, quizás por eso mismo, con notable sentimiento:

Y murió allí Moisés siervo de Jehová, en la tierra de Moab, conforme al dicho de Jehová. Y lo enterró en el valle, en la tierra de Moab, enfrente de Bet-peor; y ninguno conoce el lugar de su sepultura hasta hoy. Era Moisés de edad de ciento veinte años cuando murió; sus ojos nunca se oscurecieron, ni perdió su vigor. Y lloraron los hijos de Israel a Moisés en los campos de Moab treinta días; y así se cumplieron los días del lloro y del luto de Moisés.

No surgió en Israel otro profeta como Moisés, con quien el Señor trataba cara a cara; ni semejante a él en los signos y prodigios que el Señor le envió a hacer en Egipto, contra el faraón, su corte y su país; ni en la mano poderosa, en los terribles portentos que obró Moisés en presencia de todo Israel.

Deuteronomio 34, 5-12

No podía, pues, o no quería el autor (o autores) del Pentateuco hacer culpable de infidelidad al primer profeta de Israel. Pero, por otra parte, era necesario hacerlo morir antes de que el pueblo entrara en la tierra prometida. ¿Por qué? Mi explicación, tentativa, tendrá que ser mañana.

Judas

by Amos Oz. I finished it a few days ago, I liked it, gave it three out of five stars, which is my standard score for unremarkable good books, but I’m finding the book hovering over my head and refusing to go away, which is what happens to me when I happen to read a remarkable good book.

Perhaps it is, with that soft but indelible impression of unavoidable sadness that leaves upon you, about how human life is and cannot help not being sorrow and loss.